América Vuela
Noviembre 13 ,2019

1986

Por Héctor Dávila

Sin que el estruendo de los rayos de la tormenta lo perturbaran, el joven capitán Emilio Carranza, crecido de orgullo y ansioso de regresar a la patria, se dirigió decididamente hacia su alada montura; pilotos y mecánicos del Cuerpo Aéreo del Ejército de los Estados Unidos contemplaron incrédulos al “As” mexicano preparándose para el vuelo, ¿cómo podía alguien enfrentarse a la relampagueante y oscura tormenta que en esos momentos descargaba toda su furia?

No obstante, Emilio empuñó el timón y potencia del “México-Excélsior” e inició su carrera hacia la eternidad. El galope de los 220 caballos de fuerza del motor Wright impulsó al plateado Ryan a través  del aire, y en unos instantes, el suave flujo que acariciaba las alas se convirtió en un fuerte torrente y el aparato se alzó majestuoso por los aires convulsionados, sambulléndose en la espesura gris y negra de aquella tormentosa noche en Nueva York...

Cumplida la misión de buena voluntad México - Washington, Carranza había querido realizar una hazaña adicional, volar sin escalas entre Nueva York y la Ciudad de México, pero el cielo embravecido se cobró esa noche del 13 de julio de 1928 la vida del intrépido aviador.

 

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Emilio Carranza Rodríguez, enfundado en su espléndido mono de vuelo, listo para intentar la hazaña del vuelo sin escalas entre las capitales de México y Estados Unidos.

 

Se dice que Emilio Carranza Rodríguez era un piloto extraordinario, el mejor calificado de su generación, sobresaliente en los estudios y a la vez arrojado y decidido. Recién había egresado de la Escuela Militar de Aviación y ya retaba al infinito en un Lincoln Standard haciendo sus pininos como aviador de grandes vuelos, veterano de la campaña contra los indios yaquis, Carranza alcanzó la gloria por primera vez el 2 de septiembre de 1927, cuando a los mandos de un monoplano Lascurain Quetzalcóatl de fabricación nacional, rescatado del abandono y bautizado “Coahuila” en honor de su estado natal, realizó un alocado vuelo sin escalas entre la ciudad de México y Ciudad Juárez, Chihuahua, del que incluso se difundió el mito popular de que un rayo pegó en su ala incendiándola, y que el hábil aviador buscó una nube de lluvia para entrar en ella y apagarla.

Pero lejos de mitos, aunque en este vuelo no se le autorizó a cruzar la frontera para hacer la hazaña de clase internacional, Carranza no sólo obtuvo la satisfacción de conquistar los 1,800 Km de la ruta, también tuvo la dicha de conocer en El Paso, Texas, al “Aguila Solitaria”, el famosísimo Charles Lindbergh.

Emilio Carranza sentía una gran admiración por el célebre aviador norteamericano, y no es difícil imaginar el orgullo que representó para él que se le propusiera para un vuelo sin escalas de buena voluntad entre las capitales de México y los Estados Unidos, en atención un vuelo similar de Lindbergh. Para esto se constituyó, en enero de 1928, la Asociación Mexicana de Aeronáutica, que promovió dicho vuelo y consiguió el apoyo del periódico Excélsior.

La idea era financiar el vuelo a través de una colecta popular y la respuesta fue sorprendente, el banco que recaudaba los fondos también hizo una aportación y el mismo Lindbergh cooperó con 2,500 pesos.

Se creó una comisión técnica para apoyar el proyecto, integrada por personalidades de renombrada capacidad en la aeronáutica mexicana, como el Ing. Juan Guillermo Villasana, el general Juan  Francisco Azcárate y el vicepresidente de Mexicana de Aviación, Gustavo Espinosa. El avión que se usaría, por supuesto, tenía que ser igual al de Lindbergth y Carranza partió entusiasmado a la ciudad de San Diego, California, hogar de los fabricantes del “Espíritu de San Luis”, para supervisar la construcción y entrega del que sería bautizado como “México-Excelsior”.

 

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El elegante Mahoney-Ryan B-1 Brougham Special "México - Excelsior" en pleno vuelo, equipado con motor radial Wright J-5.

 

Emilio quedó encantado con el plateado monoplano Ryan B-1 especial, con tanques de combustible de largo alcance, y pronto se lanzó temerario al espacio para traer el aparato a la Ciudad de México en un vuelo sin escalas en el que demostró su pericia, sorteando el peligroso mal tiempo y la niebla encontrados en su trayecto, llegando a la capital de la República el 25 de mayo de 1928.

“….Mi mayor ambición había sido, desde que Lindbergh atravesó el Atlántico, tener en mis manos un avión Ryan, tan veloz, tan cargador, tan maniobrable, y ese estupendo monoplano Ryan, lo mejor del mundo, ya lo tengo y lo he volado…” , expresó el “As” entusiasmado y deseoso de cumplir el tan anunciado vuelo.

Así, a las 8 de la mañana del 11 de junio de 1928, amparado en un reporte meteorológico favorable y su pericia, Emilio Carranza, enfundado en un traje de vuelo de piel y forro de borrega que le ayudaría a sobrellevar el inclemente frío de la altitud, se acomodó en la cabina de su avión listo en la pista de 5,000 metros especialmente construida para esta hazaña, y ante los vítores de los emocionados asistentes hizo despegar al Ryan, que aunque castigado por la elevación del terreno y la pesada carga de combustible, se elevó sin titubeos rumbo a la capital del país del norte.

Habiendo vencido a la fatiga, enfrentado la niebla, viento en contra y una tos amenazadora del motor que casi frustra el vuelo, el héroe mexicano, portador del mensaje de paz de su nación, a tan sólo un paso de su destino fue envuelto por el plateado manto de la niebla y azotado por la lluvia torrencial. Con el compás girando locamente por la turbulencia y sin otra vista que la peligrosa obscuridad tras su escurrido parabrisas, Carranza se vio forzado a buscar un lugar para aterrizar, dando una exhibición de pericia y sangre fría depositando suavemente al “México -Excélsior” en un campo en Mooresville, Carolina del Norte, a tan sólo 300 millas de Washington; eran las 3:45 de la madrugada del 12 junio.

Tras descansar un poco, Carranza se lanzó al finiquito de su misión, aterrizando en el campo Bolling de Washington. Cumplida la tarea, el capitán Carranza fue objeto de un recibimiento digno de un héroe de gran categoría. Muchas fueron las muestras de afecto y reconocimiento que recibió el gran aviador mexicano, pero sin duda el premio que él disfrutó más fue un vuelo que realizó a Detroit en compañía nada menos que de su fuente de inspiración, el coronel Lindbergh.

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El Mahoney-Ryan B-1 “México-Excelsior” sobre una plataforma de pruebas para el ajuste de la brújula.

 

El día 17, escoltado por escuadrillas del Cuerpo Aéreo del Ejército norteamericano, partió hacia “la ciudad de los rascacielos” para emprender desde ahí una hazaña mayor: el vuelo sin escalas Nueva York- México.

Después de permanecer en Nueva York cumpliendo con diversos compromisos sociales y oficiales, Emilio Carranza saldría hacia México el día 10 de Julio, pero las condiciones meteorológicas no favorecían en nada la salida y el vuelo se retrasó.

El día 12 el mal tiempo continuaba y Carranza, presionado por el compromiso de regresar a su país donde lo esperaban ansiosos sus compatriotas, los que con entusiasmo había hecho posible el vuelo y que aguardaba su regreso desde hacía un mes, no pudo esperar más. Incluso se rumora que autoridades militares (recordemos que Carranza era miembro activo de la Fuerza Aérea) presionaron al héroe para que no demorara más su regreso, pues sentían celos del trato de gran celebridad que recibía el joven piloto en el extranjero y la fama que acumulaba.

Quizá por eso el valeroso capitán se decidió intempestivamente a partir en ese momento, aunque las condiciones climáticas aconsejaban lo contrario. El avión estaba listo y Carranza lo miraba con aún más cariño, pues como justo premio, el diario Excélsior le había cedido la propiedad del mismo.

30 minutos lucharon tenazmente aviador y avión por encontrar la senda en el picado mar celeste de esa noche, el avión, a su peso máximo, era azotado peligrosamente por la furia de la tormenta, Carranza sin duda sabía que no había alternativa mejor que aterrizar y procedió a descender escrutando la espesura de aquella tormenta asesina, mientras con una lámpara de mano hurgaba en su cabina en busca de algún mapa y ayudándose en la lectura de sus instrumentos. Tal vez, desorientado, entró en barrena, o tratando de aterrizar la pesada nave se desplomó, o una falla del motor, o las sacudidas provocaron una falla estructural o… no importa, la causa nunca se sabrá, Emilio Carranza y el “México-Excélsior” quedaron tendidos, inertes, en una zona boscosa, conocida como el Desierto de los Pinos, muy cerca de Chatsworth Nueva Jersey; el héroe tenía tan sólo 22 años y medio, y se había casado apenas seis meses antes.

El cuerpo del “As” fue traído a la ciudad de México en ferrocarril y fue objeto, en cada punto a donde llegaba, de los más grandes homenajes que se han visto en esta nación, al grado que los restos demoraron dos días en llegar de la frontera a la capital. Otros dos días de homenaje pasaron antes de que sus restos, bajo una lluvia de flores, fueran trasladados a su recinto final, en la Rotonda de las Personas Ilustres del panteón de Dolores, el 24 de julio de 1928.

La muerte de Emilio Carranza no estuvo exenta de polémica, más allá de si sus superiores lo forzaron a volar en condiciones adversas, también se dijo que no estaba realmente preparado para tal hazaña, pues tenía apenas dos años que se había graduado como piloto y que había logrado todo el apoyo para su aventura gracias al influyentismo de su familia, pues era sobrino-nieto de Venustiano Carranza y sobrino del general Alberto Salinas Carranza, reconocido pionero de la aviación. Sin embargo, su sacrificio fue tomado por la aviación nacional como un ejemplo de heroísmo y en su gesta se inspiró la presea que cada año el gobierno mexicano entrega como reconocimiento a la trayectoria de los integrantes de la industria aérea: la Medalla Emilio Carranza.

"Entre los hombres que vuelan no existe la muerte, los aviadores deciden simplemente quedarse en las alturas para siempre…"