Historia de un Héroe… SIDAR
Por
Héctor Dávila Cornejo
Fotos: Archivo Histórico de Estrategia
Aeronáutica
Publicado:
Agosto - Septiembre 2002
Fuente: América
Vuela - Número 80
—Con
su aspecto gallardo y atlético, tanto de elegante
uniforme de gala o en ropas de faena, más aún
a la manera típica de los pilotos de los años
20, Pablo L. Sidar es la imagen perfecta del aviador
clásico, lo que sumado a sus hazañas
y fama internacional, lo ponen en un nicho sin rival
en América Latina; al nivel de a los que sólo
se les puede hacer justicia con el adjetivo de “héroe”.
En
nuestros tiempos, la palabra “héroe”
parece tener distintas connotaciones, pero existe
en su carácter predominante la intención
de designar con ella lo más elevado de la naturaleza
humana. Por lo tanto no dudo en llamar héroe
a Sidar, un aviador al que también le vienen
a la medida los trajes de legendario y audaz, uno
que sobresale de entre los Branniff, los Chávez,
los Sarabia, los Newbery, los Merino, los Carranza
o los Pabón, por ser sus hazañas patrimonio
de toda Latinoamérica, al haber sido el primero
en recorrer este vasto territorio a los mandos de
un avión.

El propio coronel Sidar supervisó los trabajos
de su avión en Santa Mónica, California.
Aquí posa con funcionarios de la Douglas junto
a un M-2 Mailplane, que es una versión civil
de la familia O-2.
La polémica sobre su origen hace más
grandiosa su leyenda; él decía (y así
declaraba en documentos oficiales) llamarse Pablo
Sidar Escobar y haber nacido en Ramos Arizpe, Coahuila,
en 1897, pero el prestigiado historiador Manuel Ruiz
Romero apunta, con pruebas, que su verdadera identidad
era la de Pablo Sidar Puras, originario de Zaragoza,
España. La “L” que siempre seguía
al nombre de Pablo es un enigma, no hay referencia
concreta al respecto, pero es bien sabido que Sidar
se ganó a pulso el apodo de “El Loco”
en sus tiempos de acróbata aéreo, junto
a Roberto Fierro y José Fonseca, en 1925, por
lo que cuenta la leyenda que se enorgullecía
de ser el famoso Pablo “Loco” Sidar y
de ahí el que firmara y se le conociera como
Pablo L. Sidar. Cierto o no, de lo que no hay duda
es de sus grandes dotes de aviador; el mismo Ruiz
Romero se refiere a él como: “ejemplo
magnífico de valor, arrojo y temeridad, el
piloto más famoso y popular de México,
que pagó con el alto precio de su vida en plenitud,
en el apogeo de su gloria y de los honores, el haber
llegado a la cima que sólo alcanzan los privilegiados”,
mientras que mi amigo, el finado Adolfo Villaseñor,
quien lo conoció y admiró, me contaba
que Sidar, a donde llegara, era simplemente “el
jefe”, poseedor de una personalidad magnética
y arrolladora, piloto de soberbio talento que igual
se granjeaba el respeto de sus colegas en el aire
y en batalla, que se acomodaba con gracia en las más
altas esferas sociales, incluso se le vincula emocionalmente
con la hija del presidente Plutarco Elías Calles.
Dos leyendas de la aviación latinoamericana,
Pablo “el Loco” Sidar (izquierda) con
su gran amigo y colega Roberto Fierro Villalobos,
conquistador del primer vuelo México-La Habana,
posan junto a un Lincoln Standard con el que daban
exhibiciones acrobáticas.
Pero el recio coronel, veterano de las campañas
contra fuerzas insurrectas de 1922, 1923, 1924, 1926
y 1929 tenía planeado ser mucho más
que un piloto de guerra de prestigio dentro de la
Fuerza Aérea Mexicana, a la que había
ingresado en 1920, después de haber servido
con distinción como oficial de Caballería
en la Revolución. Tenía el deseo de
unir Iberoamérica con un gran vuelo de buena
voluntad, pues sabía que el avión, más
allá de ser una poderosa arma, era el abrazo
que hacía falta para acercar los corazones
de los pueblos hermanos.

El mecánico Arnulfo Cortés era
considerado un virtuoso en su campo, fue compañero
de hazañas de Fierro y Sidar, aunque con este
último tuvo diferencias debido a la falla del
motor del “Ejército Mexicano”,
sobre Colombia, por lo que no continuó el viaje
por Latinoamérica.
Con todos los medios a su alcance consiguió
que la Secretaría de Guerra y Marina le autorizara
el empleo de un avión biplano militar Douglas
O-2M, al que bautizó “Ejército
Mexicano”, para emprender la aventura de viajar,
desde el mítico campo de Balbuena, en la ciudad
de México, por Centro, Sudamérica y
el Caribe, remontándose al espacio, acompañado
por el sufrido mecánico Arnulfo Cortés,
prácticamente al amanecer del 29 de agosto
de 1929, con rumbo a “La Aurora”, Guatemala,
para proseguir con un fantástico recorrido
que concluyó con el triunfal regreso al punto
de partida el 8 de noviembre del mismo año,
habiendo acumulado 265 horas de vuelo para cubrir
casi 22,500 Kms, visitando Guatemala, El Salvador,
Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador,
Perú, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay,
Bolivia, Belice y Cuba recibiendo trato de dignatario
en todas partes gracias a tan sensacional viaje, además
de sendas condecoraciones (con la rara salvedad de
Argentina, Uruguay y Brasil, que no le concedieron
ninguna). Incluso algunos aseveran que el viaje de
Sidar fue prácticamente continental, pues el
24 de agosto había volado a México desde
Los Angeles, California, a donde había llevado
al “Ejército Mexicano” para ser
adaptado en la fábrica Douglas para esta particular
misión, aunque el itinerario oficial arrancó,
como ya dijimos, el día 29.

En campaña, Sidar se desenvolvía
con soltura, demostró su valor como militar
en hechos de armas contra los indios yaquis,
los rebeldes Escobar y Serrano, así como
contra los cristeros, pero su audacia como piloto
le dio gran fama mundial. |
Por
supuesto, una empresa de tales dimensiones, en 1929,
no podía estar exenta de tribulaciones y peligros,
a veces por lo deficiente de las cartas de navegación;
otras, por lo traicionero del clima y en otras, incluso,
por causa de engorrosos trámites burocráticos,
pero el incidente que puso en mayor riesgo la travesía
fue el aterrizaje de emergencia que el aguilucho mexicano
hubo de realizar en Colombia, cerca de la frontera
con Ecuador, como a 60 kilómetros de Guayaquil,
al desbielársele el motor al noble Douglas
O-2M. Esta circunstancia propició una misión
“de rescate” desde México, al salir
el piloto Eliseo Martín del Campo y el mecánico
Leonardo Enríquez en otro Douglas hacia el
Ecuador para reemplazar el aparato de Sidar, pero
éste no quiso cambiar de montura y ordenó
poner el motor de aquel avión en el “Ejército
Mexicano” para así poder completar el
trayecto, no sin antes cambiar también de mecánico,
lo que sin duda indica el malestar que se había
despertado en Sidar hacia Arnulfo Cortés, tras
el mal rato de la pérdida del motor y especialmente
debido a las tensiones propias de una aventura como
ésta.

Esta foto muestra en comparación el modelo
estándar O-2M-2 con la posición trasera
del observador/ametralladorista, portabombas bajo
las alas y pintura mate, que difiere del O-2M original
por la rueda de cola tipo O-38 y la cubierta del motor
“anillo Townsend”. Aún hay controversia
sobre el tipo de motor que equipaba a los O-2M y O-2M-2
mexicanos; fuentes importantes afirman que contaban,
como los O-32 y el BT-2 americanos, con el Pratt &
Whitney R-1340 Wasp de 450 hp, lo que tendría
lógica al ser el mismo modelo usado por los
biplanos Vought Corsair adquiridos por México
en esa misma época, sin embargo, fuentes directas
de la fábrica confirman el uso del más
poderoso Pratt & Whitney R-1690-A Hornet de 525
hp, sin el que estos grandes biplanos no hubieran
podido desempeñarse con decoro en las altitudes
y temperaturas de la República Mexicana.
Los honores que recibió el coronel Pablo Sidar
(que ostentaba tal rango, por méritos en campaña,
desde mayo de 1929) tras la conclusión de tan
sensacional aventura, fueron de magnitud nunca vista
en México, muestras de cariño popular
y de tan alto nivel como lo fueron las recepciones
de que gozó en cada país visitado, pero
su espíritu de aventura no fue mitigado; aun
habiendo sido nombrado comandante del Primer Regimiento
Aéreo, su mente volaba ya hacia una mayor y
más difícil conquista, el reto casi
fantástico para la época, de un vuelo
sin escalas entre las repúblicas de México
y Argentina.

El Douglas O-2M “Ejército Mexicano”
retratado en estado impecable el 22 de agosto de 1929,
tras la modificación en fábrica previa
a su gran vuelo, ejecutada principalmente en la cabina
trasera, que lo hace prácticamente idéntico
al Douglas O-38, pero un detalle de fácil identificación
es la zapata del patín de cola, ya que en el
O-38 se utilizaba una rueda de hule. El avión
está pintado de verde olivo semi-brillante
y en el plano fijo vertical lleva un globo terráqueo,
que era el logotipo de la firma Douglas.
El gobierno mexicano acogió esta idea con entusiasmo
y para cubrir los 8,000 kilómetros de vuelo,
el Departamento de Aeronáutica seleccionó
un raro avión Emsco, monoplano de ala alta,
que el propio Sidar recogió en la fábrica
en California, EU. El aparato, a plena carga pesaba
más de 7,000 libras y no hubiera podido despegar
en la enrarecida atmósfera de la ciudad de
México, así que se ubicó el campo
de Cerro Loco, en Oaxaca, como el idóneo para
cumplir con el vuelo directo hasta Buenos Aires, necesitándose
de todos modos una pista de 4,000 metros. El enorme
monoplano, bautizado “Morelos” en honor
del prócer de la Independencia, despegó
el 11 de mayo de 1930 a los mandos firmes y hábiles
de Sidar, acompañado por el teniente Carlos
Rovirosa (nacido en Villahermosa, Tabasco, en 1902)
como copiloto, llevando una bandera nacional como
regalo de la aviación mexicana para sus colegas
argentinos, esperando enfrentar 40 horas de vuelo
sin escalas, pero la suerte no estuvo esta vez del
lado de nuestro héroe...

El Emsco B-3 “Morelos” fue el onceavo
avión construido por la Emsco Aircraft Corporation
y recibió la matrícula civil mexicana
X-BACO, como se aprecia en esta foto tomada en la
fábrica poco antes de su entrega.
El viaje debía comenzar con un viraje hacia
las costas del Pacífico, para mantener prácticamente
un recorrido “costeando” hasta Valparaíso,
Chile, donde se giraría para llegar en línea
recta a Buenos Aires, pero a la altura de Punta Arenas,
Costa Rica, se presentó una severa e impenetrable
tormenta, que obligó a los valientes pilotos
a desviarse hasta las aguas del opuesto mar Caribe,
frente a Puerto Limón, donde el “Morelos”,
azotado por la tempestad, sea en un desesperado intento
por aterrizar o desgajado en su estructura, quedó
destruido hiriendo fatalmente a sus tripulantes.
La revista del Ejército y de la Marina, en
su edición de mayo de 1930, publicó
un artículo del coronel Ernesto Higuera, titulado
“Divino Fracaso”, que en parte reproducimos
a continuación, pues es un bello documento
que transmite el sentimiento de los que vivieron el
momento de la pérdida de Sidar y Rovirosa.
|
El
joven teniente Carlos Rovirosa Pérez fue
elegido como copiloto del “Morelos”,
en el fatídico intento de vuelo México-Argentina.
Se había graduado de la Escuela Militar
de Aviación el primero de enero de 1927.
El avión con el que posa es un Douglas
O-2C con motor Liberty. |
“Arrullados por la música de la hélice
fingían en el espacio el milagro de un sol;
se deslizaban como una estrella errante; tripulando
su abadejo sonoro sonreían errabundos en la
turquesa de la mañana dejando que jugara el
viento con el penacho de sus quimeras bravías.
Abajo, todo verde; arriba, todo violeta, todo dorado
por la gloria del Astro Rey. La certitud del triunfo
les ponía cascabeles en el corazón que
se hinchaba jubilosamente. Las aspas zumbaban rimando
la eutropelia interior de los pilotos. Sonreía
la vida con sus colores de pavo real y cantaba el
paisaje su sinfonía de piedras preciosas...
Las nubes blancas les dejaban pasar, llevándose
el “Morelos” las guirnaldas de sus desgarrones.
Desparramadas como un rebaño cuando llega el
lobo, se volvían a juntar, cerrando la brecha
azul con sus arrapos cándidos de armiño...

Con
las insignias de coronel y las distintivas alas
de piloto, Pablo sonríe satisfecho con
el recorrido por Latinoamérica y se prepara
para el vuelo sin escalas a Argentina, sin temer
a lo que el destino le depara... |
 |
El
tramoyista de este infinito proscenio cambia la decoración
nupcial por una decoración de tormenta y el
mascarón de la tragedia esboza su gesto brutal.
Para el gran vuelo a Buenos Aires, al aerodinámico
“Morelos” se le pintó una imagen
del prócer de la Independencia y de rojo intenso
las alas, empenaje, morro y vivos en costados y pantaloneras
del tren de aterrizaje, así como el nombre
de su piloto y las alas de la FAM bajo la cabina.
Inmediatamente debajo de la marca Emsco, en la nariz
del avión, se señala “Wasp C”,
en referencia al motor radial que llevaba instalado.
Ulula la tempestad; la cólera lineal de los
rayos arroja sus puñales flamígeros
sobre las entrañas del mundo; ruedan los truenos
como el redoble monstruoso de un tambor apocalíptico;
chasquean los latigazos del relámpago sobre
el cristal de los ojos abiertos; la lluvia empapa
las alas del audacioso neblí que se lanza sobre
la cortina de sombra para horadarla con el coraje
de una flecha. Pero la muralla es densa y profunda
como la noche. El malabarista de la fatalidad le marca
los contornos con sus puñales. La muerte tiende
su tela de araña. El moscardón va a
quedar prisionero. El piloto comprende que la lucha
es desigual y hace un viraje. Quiere huir de las furias
arrojadas sobre él por el Destino y se desploma
en el mar, alcanzado por la hoja asesina del tenebroso
malabarista...
La carne de los héroes fue pasto de los tiburones.
Rovirosa, el más joven, se reintegró
completo; Sidar, el más inquieto y animoso,
logró rescatar algo de su forma corporal a
la bulimia de los glotones feroces. Y esos restos
lamentables, deslavados y roídos, se tornarán
con el beso de la gloria en cinosura fúlgida
de eternidad.
Y en el dolor unánime del pueblo, Rovirosa
y Sidar serán un símbolo; la columna
de fuego que guiará a nuestra raza a la victoria
final; estrofa heroica de la gran tragedia de superarse
y superarse siempre sin soluciones de continuidad.
Y mientras sangra el corazón en la capilla
ardiente de la noche, formo para los héroes
esta humilde corona de laurel.
Para rendir tributo ninguna voz es débil, ha
dicho Martí”.
LOS AVIONES DE LA GLORIA
Y LA TRAGEDIA
El
intrépido coronel Pablo Sidar triunfó
en su aventura por Latinoamérica a los mandos
del “Ejército Mexicano” y marchó
hacia la eternidad a bordo del “Morelos”
en el malogrado vuelo Cerro Loco-Buenos Aires, pero
poco se ha publicado sobre estos históricos
aeroplanos, por lo que presentamos, por primera vez,
los detalles del desarrollo de estos aparatos.

La tragedia golpeó a Sidar y Rovirosa el 11
de mayo de 1930, quedando los restos de pilotos y
avión esparcidos, inertes, en las playas de
Puerto Limón, Costa Rica.
La larga familia de aviones biplanos biplaza de observación
Douglas O-2 con motor Liberty, de enfriamiento líquido,
sirvió con gran éxito en el Cuerpo Aéreo
del Ejército de los EU desde mediados de la
década de los 20, por lo que no fue raro que
al aparecer motores radiales enfriados por aire, más
ligeros y confiables, como clave para el desarrollo
del poder aéreo del país del norte,
se buscara dar nueva vida a estos caballitos de batalla.
De hecho las versiones O-2H y O-2K fueron los últimos
aviones de producción equipados con el legendario
V-1650 Liberty, mismos que entraron en servicio en
1929, al tiempo que se experimentaba con la instalación
en estos planeadores de plantas motrices Wright R-1750
Cyclone y Pratt & Whitney R-1340 Wasp, considerándose
al Wasp más apto por ser más ligero
y más pequeño en diámetro que
el Cyclone, compensando el hecho de tener menor caballaje
al proporcionar igual desempeño al avión.
Así se construyó un primer ejemplar
designado O-32 por el US Army, seguido de un contrato
por 30 ejemplares O-32A, aviones que en servicio fueron
destinados al entrenamiento y redesignados BT-2 y
BT-2A respectivamente. Sin embargo, antes del contrato
norteamericano, la compañía Douglas
había visto gran potencial de exportación
a un modelo militar para propósitos generales
basado en el concepto O-32, al que dieron el nombre
comercial de O-2M, siendo la M por “military”
y no por “México” como algunos
han señalado, pues el primer pedido recibido
vino de este país (que en 1924 había
comprado ocho O-2C con motor Liberty), que ordenó
nueve ejemplares, números de serie 608 a 616,
que se entregaron entre abril y junio de 1929. Estos
aparatos estaban equipados para portar cuatro bombas
M-3 de 100 libras y una posición para observador
con ametralladoras gemelas Lewis calibre 0.30 y otra
ametralladora de igual calibre sobre el morro, sincronizada
con la hélice. Estos fueron los primeros biplanos
del tipo Douglas O-2 equipados con motor radial que
entraron en servicio en el mundo y contaban todos,
incluidos tres ejemplares adicionales adquiridos en
1930 bajo la designación O-2M-2 (números
de serie 925, 936 y 946), con el motor Pratt &
Whitney R-1690-A Hornet de 525 hp. El número
de serie 616, número económico 18 de
la Fuerza Aérea Mexicana (FAM), por ser el
más nuevo de los O-2M, fue el elegido para
recibir el nombre de “Ejército Mexicano”
y servir de herramienta para la hazaña de Sidar,
quien lo llevó a la planta Douglas en Santa
Mónica, cerca de Los Angeles, California, con
el fin de hacerle una exhaustiva revisión y
modificar la cabina trasera, para sustituir la posición
elevada del artillero/observador por un cómodo
puesto con parabrisas para el mecánico, quedando
el avión con una apariencia casi idéntica
a la del Douglas O-38, pero ¡ojo!, de ahí
se ha derivado el error de identificar al avión
de Sidar como un O-38, ante lo cual debemos señalar
que los primeros O-38 no entraron en servicio con
el US Army sino hasta 1931, todos con motor Pratt
& Whitney R-1690 Hornet (salvo seis aparatos O-38P
con motor Cyclone exportados al Perú en 1933
y un solitario O-38D), lo que deriva en otro error,
ya que se ha dicho una y otra vez en muchas fuentes
que los aviones mexicanos recibieron motores Pratt
& Whitney R-1340 Wasp, pero no hay duda de que
empleaban, por necesidad de la altitud de México,
el más poderoso Hornet A. El gran parecido
exterior del Douglas O-2M modificado “Ejército
Mexicano” de 1929, con el Douglas O-38 del US
Army de 1931, ha dado pie a muchas confusiones, pero
debe quedar claro que el avión que Sidar empleó
en su famoso recorrido por Latinoamérica, fue
parte de un lote construido especialmente para la
FAM, siendo sus equivalentes más cercanos los
O-2MC-4 y O-2MC-5 adquiridos en 1933 y 1935, respectivamente,
por la China Nacionalista. Vale la pena señalar
que de todos los O-2 y sus derivados se construyeron
879 ejemplares entre 1924 y 1936, 108 de ellos para
la exportación.

El gobierno de Yucatán aprestó su Sikorsky
S-38B Amphibion, de nombre “Mayab”, para
llevar los restos de los héroes a la ciudad
de México, pero tuvieron que ser incinerados
porque los ataúdes no cabían en el aparato.
Con la salvedad de la instalación motriz, el
O-2M empleaba el mismo planeador del O-2H y ya en
servicio se instaló una cubierta anular a los
cilindros del motor, denominada anillo Townsend, que
reducía la resistencia al avance. El aparato
era un biplano multipropósitos biplaza de cabina
abierta, con las alas construidas de largueros y costillares
de madera con tubos compresores de acero, mientras
que los planos del empenaje tenían costillares
de aluminio y el fuselaje era tubular de cromo-molibdeno,
siendo todo el aeroplano revestido con lona. El tren
de aterrizaje era convencional de patín de
cola y en cuanto a instrumentación, el piloto
contaba con altímetro, brújula, velocímetro,
indicador de banqueo, indicador de velocidad vertical,
tacómetro, reloj, indicadores de presión
y temperatura del aceite, y de presión de combustible,
en tanto que el puesto del observador sólo
contaba con altímetro y velocímetro.

Las cenizas de los héroes caídos, contenidas
en urnas envueltas en banderas, son recibidas el 23
de mayo de 1930 por sus compañeros de armas
de Balbuena, para ser trasladadas inmediatamente al
Palacio Nacional, donde recibirían el último
adiós del entristecido pueblo mexicano.
Los principales datos técnicos del Douglas
O-2M son:
Motor: un Pratt & Whitney R-1690-A Hornet de nueve
cilindros radiales enfriados por aire de 525 hp a
2,300 rpm, alimentado por combustible de 87 octanos
de un tanque principal de 110 galones y otro auxiliar
de 36 galones, ambos en el fuselaje frente a la cabina
del piloto, el tanque de aceite con capacidad para
14 galones.
Hélice: Hamilton Standard bipala metálica
de paso ajustable y 10 pies de diámetro.
Velocidades: Máxima 150 mph (241 Km/h); de
crucero 120 mph (193 Km/h); de aterrizaje 56 mph (96
km/h).
Alcance: 275 millas (442 km).
Rango de ascenso: 1500 pies/min. Techo de servicio:
19,000 pies. Techo absoluto: 20,300 pies.

El Douglas que llevó a Sidar a la gloria por
toda América, se convirtió en su improvisada
carroza fúnebre, enlutada con mantos negros
y coronas de flores, para recorrer la ciudad de México
al frente de una impresionante manifestación
de duelo popular, que culminó con el sepelio
del héroe en el Panteón de Dolores,
el 24 de mayo de 1930. Como homenaje póstumo
Pablo Sidar fue ascendido al grado de General.
Pesos: Vacío 3,070 libras (1,393 kg). Peso
máximo al despegue: 4,456 libras (2,021 kg).
Carga alar: 12.5 libras/pulgada cuadrada.
Superficies: Del ala superior 195 pies2; del ala inferior
167 pies2.
Dimensiones: Largo 9.45 m, alto 3.25 m, envergadura
12.19 m.
Tras la muerte del héroe, su querido Douglas
“Ejército Mexicano” fue acondicionado
como carroza fúnebre, liderando el cortejo
con las cenizas de Sidar y Rovirosa hasta su última
morada, pero resulta una lástima que dado su
valor histórico, este avión no haya
sido preservado pues siguió en servicio activo
con la FAM y fue destruido en un accidente el 21 de
enero de 1931, pereciendo en el mismo el piloto Luis
Gómez Unda.
Si bien la familia de aviones O-2 y sus derivados
es muy amplia y la compañía Douglas
de Santa Mónica es de sobra conocida, el trágico
avión “Morelos” es un aparato más
bien ignorado, se trataba de un monoplano de ala alta
y cabina cerrada Emsco B-3, número de serie
11 (en algunas fuentes se le denomina B.3), bastante
grande pero de líneas elegantes y modernas,
de tren de aterrizaje fijo convencional, equipado
con un motor Pratt & Whitney R-1340-C Wasp de
420 hp. Sólo se construyó una docena
de estos aparatos por parte de la efímera compañía
aeronáutica integrante de la gran cadena industrial
de E. M. Smith and Associates en Downey, California.
Se trataba de un avión de hasta ocho plazas,
dirigido para el mercado de líneas aéreas
domésticas, pero por sus características
de tamaño resultó ideal para modificar
su interior, trocando los lugares para pasajeros por
tanques para el combustible que permitiría
lograr el recorrido de México hasta Argentina.
El avión tenía 41 pies de largo, 9.5
pies de alto, envergadura de 56 pies y una superficie
alar de 486 pies2. Su peso máximo normal al
despegue era de 6,600 libras y podía volar
a una velocidad máxima de 155 mph con un techo
de servicio de 14,000 pies y lograr un régimen
de ascenso de 800 pies por minuto a nivel del mar.
El ala era semi cantilever y aunque de costillares
de madera recubierta de lona, su borde de ataque estaba
recubierto de duraluminio, con dos grandes tanques
de combustible de alimentación por gravedad
dentro de ella, de 140 galones de capacidad, pero
en el “Morelos” la cabina también
incluía tanques de combustible, por lo que
se cancelaban las amplias ventanillas laterales que
originalmente proveían de una vista excepcional
a los pasajeros. La estructura principal del fuselaje
era tubular, pero recubierta de un novedoso sistema
de tiras de madera muy juntas que le daban un acabado
más limpio y aerodinámico, casado muy
bien con la parte frontal recubierta de metal con
el motor finamente carenado. Los pilotos gozaban de
una cabina bien sellada y aislada, sentados lado a
lado en mullidos asientos de fina piel, contando con
todos los equipos disponibles, incluyendo botiquín
de primeros auxilios, dos extintores, amplio compartimiento
de equipaje y luces de navegación, para facilitar
en lo posible las 40 horas de duración del
truncado vuelo. Este tipo de aeroplano tenía
un costo de 21,500 dólares, de 1930, y se le
consideraba dócil de mandos y muy apto para
manejar grandes cargas y operar en pistas relativamente
cortas, además de poseer líneas muy
atractivas y una cabina de sobra cómoda y espaciosa,
cabe mencionar como dato curioso que el Príncipe
de Rumania compró un B-3-A para su transporte
personal y el legendario Francisco Sarabia obtuvo
otro de segunda mano para su línea chiclera.
Pero el enorme Emsco “Morelos” no fue
el último avión en que voló el
gran Pablo Sidar, ya que sus restos fueron traídos
de vuelta a la cuna de los aguiluchos mexicanos, el
querido campo de Balbuena, a bordo del anfibio bimotor
Sikorsky S-38B Amphibion “Mayab”, propiedad
del gobierno del estado de Yucatán, escoltado
con tristeza por sus compañeros de armas en
18 aviones Corsair O2U-2M, Douglas O-2M, Bristol Fighter
y Boarhound.

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